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Storytelling post COVID-19: ¿cómo te ayudará un relato a sobrevivir al naufragio?

16-04-2020, 4:30:00 AM

Hay quien opina que todo lo que nos pasa en la vida tiene un sentido. También hay quien dice, como Viktor Frankl, que el ser humano necesita buscarlo incluso en las situaciones más desesperadas. Me llama la atención que, siempre que aparece, el sentido tiene la forma de un relato: nos contamos lo sucedido según […]

Hay quien opina que todo lo que nos pasa en la vida tiene un sentido. También hay quien dice, como Viktor Frankl, que el ser humano necesita buscarlo incluso en las situaciones más desesperadas. Me llama la atención que, siempre que aparece, el sentido tiene la forma de un relato: nos contamos lo sucedido según nos fue la ganancia o según el patrón moral con el que nos tallaron.

Durante el confinamiento global las redes se han llenado de explicaciones del porqué del coronavirus: que si fue un castigo (divino), o una advertencia (de la naturaleza), o una oportunidad (para el emprendimiento), o una señal para el cambio (en la política)… El relato que cada cual construye hace que las cosas cobren sentido para él y quienes le escuchan. Pero, al final, el sentido nos lo damos nosotros mismos. Como Frankl, pienso que sentido y relato son una elección personal. 

Si es cierto que el sentido es relato y que los relatos ayudan a crecer, lanzo dos tesis: A) el buen storyteller es responsable de aportar sentido constructivo a su entorno y B) el buen líder es responsable de convertirse en buen storyteller. Y como el storytelling es amigo de analogías te voy a contar una.

Relato de unos náufragos

Hasta hace poco, tú, yo y todos disfrutábamos de un maravilloso viaje en crucero. Comíamos, bebíamos, bailábamos y nos hartábamos de todo. Dejábamos los platos a medio terminar de tan llena que teníamos la panza. Decíamos que la vida son cuatro días y que había que aprovecharlos.

Un día, sin preverlo, sufrimos un naufragio. El barco se nos hundió y miles de personas murieron ahogadas. Por suerte, la mayoría llegamos a botes, a tablas, a chalecos salvavidas… Jamás pensamos vivir en la película Titanic, pero ahí estábamos.

Pasamos días bajo el sol y la intemperie. En angustiante aislamiento, sin víveres o agua, hicimos lo que el náufrago de García Márquez y comimos tiburones a dentelladas y nos bebimos el agua de nuestras propias lágrimas. 

Cuando los botes se encontraban en el mar, nos lanzábamos cuerdas y uníamos nuestros destinos. Así nos juntamos muchos. En el día compartíamos tiempo y palabra. En la noche alternábamos las vigías con los aplausos.

Pronto construimos relatos de futuros deseables. Nos ayudaron con el aburrimiento y nos dieron una fe que abrazamos como auténtica. Por unas semanas fuimos una tribu que compartía valores, identidad, origen y destino. Descubrimos que, literalmente, la vida son cuatro días y que lo mejor que tenemos es nuestra relación con los demás. Sin medicinas ni lujos, lo que más valor tenía era lo que nos narrábamos en medio del vacío de la noche oceánica.

Al fin llegó el día en que el convoy de botes y tablas arribó a una isla virgen, nueva e inexplorada, pero preparada para acogernos. Estábamos salvados.

Un desenlace abierto

El final de la analogía está por escribir. Porque cuando superemos el coronavirus nos tocará definir prioridades y reglas en la nueva isla. Pero, según sea el liderazgo, tenemos dos candidatos a desenlace narrativo.

  • Uno es el del mal liderazgo o ningún liderazgo. De pronto alguien construirá un relato de derrota desde el que reclamará su derecho a recuperar lo que tuvo en el crucero, aún a costa de los demás. Muchos pensarán lo mismo y se pelearán por los cachitos de una tarta cada vez más menguada. También habrá quien quiera prolongar la solidaridad de la tribu oceánica, pero sus gritos serán cada vez más débiles y su voz se apagará pronto.  

El mal liderazgo dividirá la tribu en castas de bendecidos y malditos. Y, si me apuras, hará que los más podridos y pendejos acumulen poder e influencia social en todos los ámbitos. Cinco años así y lo que naufragará será la isla entera.  

  • Otro es el del liderazgo con sentido y relato constructivos. Alguien armará una visión y unos propósitos comunes, pensará que lo mejor es que la tarta crezca para todos y que cuantos más podamos comer de ella, mejor. Luego, buscará aliados, creará confianza en medio de las incertidumbres y facilitará conversaciones donde pongamos nombre a todos los miedos. Resistirá los golpes de la vida, enseñará a todos a adaptarse a las nuevas circunstancias y decretará la agilidad como requisito. 

Ese será un liderazgo heroico, no porque estén al frente Superman y Wonderwoman, sino porque ayudará a que los demás nos sintamos también héroes de cualquier cosa que hagamos.

Mi aprendizaje

Hace unos años viví un naufragio personal y profesional. Llegué a pensar que no saldría del pozo. Pero llegué a una isla nueva. Allí conocí a personas que tenían esa visión heroica del “tú puedes hacerlo y lo vas a lograr”. E hicieron que lo lograra. Comprendí una clave del relato que nos hacemos todos los días: el sentido de las cosas no está en entender lo que pasó, sino en hacer que el mañana sea mejor. Y tras el sentido llega el relato de quiénes somos, de qué queremos y de cómo lo haremos posible.

Descubrí, por ejemplo, el trabajo de los profesores Sonnenfeld y Ward, de Harvard, quienes, durante 22 años, habían investigado y entrevistado a más de 300 altos directivos de empresa que fueron despedidos y repudiados públicamente. Tal fue su naufragio. Lo interesante es que muchos lograron remontar su carrera, su proyecto y su felicidad.

Los académicos averiguaron que estas personas tenían en común cinco cosas: primero, lograron fijar un nuevo propósito para ellos y su entorno; segundo: sumaron a más personas en ese empeño; tercero: definieron un nuevo relato de cómo sería el mundo mañana y de qué papel jugarían en él; cuarto: soportaron todo tipo de críticas, dudas y desconfianzas y, quinto: a medio plazo previeron el legado que dejarían a la siguiente generación, su misión heroica, lo que les sobreviviría cuando ya no estuvieran en activo.

¿Eres emprendedor? Construye ahora tu relato de supervivencia

El mundo tras el COVID-19 puede ser un infierno o un paraíso. No dependerá de lo que digan las noticias ni de lo que hagan por nosotros los gobernantes. El mundo de mañana lo levantarás tú con tus emprendimientos, tu fe y tu legado heroico. De ti depende. Pero deberás armarte con un relato que te capacite y en el que los demás puedan encontrarte.

Si quieres hacerlo, te vendrán bien estos consejos:

Primero: Define objetivos. Pero no cualquier tipo de objetivos. Busca aquellos que vayan en la línea de “hacer crecer el pastel para todos”, en vez de “aprovechar las migajas del pastel que queda”. De esta saldremos todos juntos o ninguno.

Segundo: Busca aliados, teje relaciones de valor. Tú solo/a no lograrás nada. Necesitarás a más como tú. Búscalos en quienes te conocen y en quienes todavía no conoces. Sé generoso y renuncia a algo de ti para abrirte a lo que los demás puedan ofrecerte.

Tercero: Cultiva y haz crecer un relato que incluya todo eso: propósito, personas, relaciones, ilusión y legado. Olvídate de escudarte en la injusticia de la pérdida para justificar que no puedes lograr lo que quieres.

Cuarto: Piensa out of the box. No te quedes en los remedios de toda la vida. Nunca como ahora fue tan necesario innovar. Solo dos sugerencias: actúa con la agilidad por bandera y adopta enfoques como el de la Comunicación No Violenta de Marshall Rosenberg. Haz que cada acto y palabra cuenten y construyan, en vez de que distraigan o destruyan.

Quinto: No desfallezcas. Todo se puede perder en un día, pero las cosas necesitan años para recuperarse. Tanto tu proyecto como tu relato y tus alianzas requerirán paciencia. Persiste y no desesperes. 

Sexto: Descubre tu misión heroica. Como decían Sonnenfeld y Ward “la búsqueda de un legado perdurable es lo que distingue a los grandes líderes”. Para recuperarte de tu naufragio “busca y encuentra una nueva misión heroica que vigorice tu pasión y cree nuevo sentido en tu vida” y en la de los demás.

Solo hay dos cosas que no salvaremos del naufragio del COVID-19: los seres queridos que se fueron y el tiempo que no dedicamos a hacer cosas buenas. Ahora hay que ocuparse de lo segundo para que los primeros puedan marcharse en paz. 

Y recuerda a Frankl: "a un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino”. En definitiva, puedes perderlo todo, pero siempre conservarás tu relato.

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